Kaká se da un homenaje

“Estamos aquí gracias a la industria británica. Son ellos los que hicieron de un ‘hobby’ una profesión”, dice Alfredo Di Stéfano. Anoche los que estaban allí, en el Santiago Bernabéu, eran los Millonarios de Bogotá. Una ‘industria’ colombiana. De no ser por ellos, quizás Di Stéfano nunca habría llegado a Europa y el Real Madrid nunca hubiese sido el Madrid de las cinco Copas de Europa.

En marzo de 1952 los Millonarios fueron invitados a Chamartín para festejar las bodas de oro del club blanco. Di Stéfano lucía el 9 y bastante más rizos que ahora. Marcó dos goles. Nunca había pisado Europa. Un año después de aquel amistoso volvió para quedarse. Anoche, con ocasión del trofeo Bernabéu, se reeditó aquel duelo, 60 años después.

Los Millonarios de Bogotá ya no son aquel equipo apodado el Ballet Azul, ese del ‘cinco y baila’. Hacían bailar la pelota una vez que alcanzaban los cinco goles en el marcador. Más allá no se podía ir, para no machacar a la afición rival, para que no se le quitaran las ganas de ir al estadio. Era un pacto estipulado entre los jugadores. “Un día marcamos un gol más y hubo bronca”, ha contado Di Stéfano.

Sería impensable, hoy día, llegar a ese tipo de acuerdo. También lo sería terminar el partido y correr a por tortilla. Lo recordaba ayer Di Stéfano en una entrevista en el AS. “Nos peleamos todos por las tortillas de patata… eran famosas en el mundo. Y el cocido. Comimos tortilla, cocido y más”.

Los premios ahora no son tortillas. El premio para los canteranos ahora es ir convocados (había ocho ayer, Nacho, Cheryshev, Álex, Fabinho, Derik, Mosquera, Mario Hermoso y el portero Jesús Fernández) e invitar a los amigos con la esperanza de que les vean jugar unos minutos. El premio, para jugadores como Carvalho es volver a sentarse en el banquillo y salir de él, aunque sea en la segunda parte. Reencontrarse con las sensaciones de ser futbolistas. El premio para jugadores como Kaká, volver a tener minutos y volver a asomarse al escenario.

El brasileño no jugaba un partido oficial con el Madrid desde la eliminación en la semifinal de ‘Champions’ contra el Bayern. Fue invitado a irse este verano en una reunión que mantuvo con José Mourinho. “Si se va bien por él, si se queda intentaremos sacarle el máximo provecho”, repetía el técnico. Ha pasado casi un mes y Kaká no ha pisado el césped ni un minuto.

Hace tres años, un 24 de agosto de 2009, el Trofeo Bernabéu fue su puesta en escena. Esa noche se presentó a la afición. Han cambiado tanto las cosas —entre operaciones de rodilla y pubalgia— que anoche, ante algo menos de 30.000 espectadores, tuvo que aprovechar un amistoso para soltar las piernas. No estaban tan oxidadas ya que tardó 13 minutos en reencontrarse con el gol. Y a juzgar por cómo lo celebró, falta le había hecho. El segundo lo anotó con el trasero. Ironía del destino debió de pensar. Se rio de sí mismo en la celebración. El tercero lo anotó de penalti antes de ser sustituido y recibir la ovación del Bernabéu. También se llevó el premio al mejor jugador del partido.

El tercer gol de Kaká fue el sexto del Madrid. Al brasileño quizás no le contara nadie lo del ‘cinco y baila’. O sí, pero tampoco era plan de coquetear con la historia anoche. Hubiese sido bonito, sí, que fallara ese penalti. Para cerrar el círculo. Para rememorar lo que fue el Millonarios de Di Stéfano. Para devolverle a la memoria ese pacto de cinco goles y a bailar.

Bailar, bailaron todo el partido, sin balón. Les obligó el Madrid de Higuaín, Kaká, Callejón (que marcó el séptimo porque a esas alturas ya no quedaba nada de romanticismo y viejos tiempos) y Morata. Otro que aprovechó la noche para sentirse parte del primer equipo.

Se lo perdieron Casillas, Pepe, Cristiano, Arbeloa, Xabi Alonso, Di María y Marcelo, a los que Mourinho decidió dar descanso. No se lo perdió Di Stéfano aunque el de anoche ya no era su Millonarios sino un equipo muy flojo al que un Madrid sin la mayoría de sus estrellas le metió ocho goles. Y lo que se lleva ahora en el vestuario después de los partidos son las pizzas. Un producto muy poco de la industria británica.

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