Las voces de Juan Diego Botto

Muchas veces la vida de un hombre se resume con el contenido de su cartera. No solo su identidad o las pistas de sus movimientos, sino también los secretos de su carácter, sus manías, sus vicios y su memoria. La del actor madrileño Juan Diego Botto (Buenos Aires, 1975) está demasiado usada y desordenada para un tipo que en su treintena aparenta moverse en perfecta línea recta. Entre pequeñas montañas de papeles arrugados se intuyen obligaciones y rutinas; y en un puñado de fotos -una de su hija, en color, y otra de sus padres, en blanco y negro- se perciben los motivos por los que se aferra a ese ajado cuero como a una diminuta pero inquebrantable tabla de salvación. Empuñándola en una mano como si solo formara parte de su atrezo, el actor saldrá al escenario el próximo martes en las Naves del Español, en el Matadero de Madrid, para estrenar Un trozo invisible de este mundo, la obra que escrita por él que dirige Sergio Peris-Mencheta. Producida por su madre, Cristina Rota, presenta cinco monólogos interpretados por él y la actriz Astrid Jones. Cinco caminos para llegar a una única carretera: la que conduce a la insufrible desigualdad que circula a toda velocidad por la autopista de este mundo.

La obra no marcha sobre ruedas sino sobre una cinta de maletas que hace las veces de columna vertebral de un espectáculo tocado por una realidad de la que Botto no sabe sentirse ajeno. El actor, y autor, echa mano de una cita de Lorca que para él define lo que debe ser el teatro. “El teatro que no recoge el latido social, el latido histórico, el drama de sus gentes y el color genuino de su paisaje y de su espíritu, con risa o con lágrimas, no tiene derecho a llamarse teatro, sino sala de juego o sitio para hacer esa horrible cosa que se llama ‘matar el tiempo”. Botto suelta la cita de corrido, con la facilidad que se espera de su buena memoria. “Maravillosa, ¿no?”, pregunta. 

Ese “latido” fue para él la historia de Samba Martine, la mujer congoleña que murió de manera inexplicable el pasado diciembre a los 34 años en el hospital Doce de Octubre de Madrid.  Había sido trasladada desde el Centro de Internamiento para Extranjeros de Aluche,  llevaba semanas quejándose de los dolores sin que nadie le hiciera caso. Acudió en diez ocasiones al servicio médico y solo en una ocasión estuvo acompañada por una intérprete. Era portadora del sida, pero estaba sana. “Se le practicaron tantas autopsias que su féretro tuvo que permanecer cerrado mientras su madre se aferraba a él desesperada. Quería abrazar a su hija pero no podía. Fui al funeral porque me avisó un amigo y aquella escena me afectó mucho. La periodista de EL PAÍS Mónica Ceberio hizo una cobertura impresionante de la historia. Empecé a documentarme en varias ONGs y empecé a escribir”.

El monólogo Mujer, que encierra el título de esta obra, surgió de aquel impacto. Arranca así: “Yo nunca recibí al nacer el papel que me daba la propiedad de un trozo invisible de este mundo. Cuando yo era como tú pensaba que la vida era dormir y comer y aguantar un día más. Para mí la vida era simplemente no sufrir, restarle horas a la muerte. Te digo esto hijo mío porque necesito contarte qué pasó…” Solo uno de los monólogos, El privilegio de ser perro, es un viejo texto. El resto son casi un vómito nacido en los últimos meses. “Vienen de la necesidad de encontrar mis propias palabras. Escribo como un actor. Yo soy un personaje y de ahí salen mis palabras. Por eso lo que escribo es teatro y no puede ser otra cosa”.

Fue Botto quien pensó en el también actor Sergio Peris-Mencheta como director después de ver su puesta en escena en Incrementum. Una apuesta que responde a la capacidad de Peris-Mencheta para ver el lado lúdico que debe encerrar toda representación. Su talento para mover fichas sobre el tablero de un escenario no es casual. “Tengo una habitación en mi casa con 300 juegos de mesa. Soy un tipo extraño. No juego a la playstation, ni salgo por la noche, ni me drogo… solo me gustan los juegos de mesa. Cuando dirijo una obra pienso en jugar, aunque hable de algo serio y dramático”. Peris-Mencheta, un hombre de carcajada enérgica, suelta un contundente reclamo: “eco-teatro. Yo abogo por el eco-teatro. En el que con muy poco se hace todo lo que se puede. Ahora, que es época de poco dinero, toca imaginar, exigir al espectador que ponga con su cabeza lo que falta sobre el escenario”. La cinta, unas maletas, un teléfono… economía de medios que él justifica con una frase de Peter Brook: “en teatro, menos es más”. “En esta obra todos somos esa maleta que pasa por la cinta. Desde el primer monólogo, el del interrogatorio, que coloca a todos los espectadores en el lugar del inmigrante, queda claro ese punto de partida”. 

Por la tarde, en las naves del Matadero, la luz parece polvo del desierto. El equipo que trabaja en este montaje se conoce bien desde hace tiempo, según explica la productora de la obra, Cristina Rota. Para ella un monólogo jamás debe evitar la complejidad. “Un buen monólogo no es contar un cuento”. Productora “por obligación y no por placer” prepara su próximo trabajo como directora junto a su hija María Botto para febrero. “No, no es fácil trabajar con mis hijos, siempre nos planteamos no hacerlo y siempre acabamos juntos. Nadie les juzga con más dureza que yo. Es difícil mantenerse a distancia… Juan es un buen escritor, sé que le apasiona dirigir y escribir, pero será actor hasta el último de sus días, un actor que por el camino descubrió otras cosas”.  Maestra de actores tiene claro lo que admira de los creadores de Un trozo invisible del mundo. “No tiene miedo al compromiso. En Sergio y Juan veo esperanza por cambiar el mundo. Son más realistas que mi generación, la de los 70, que nos equivocamos en demasiadas cosas y somos muy culpables de todo lo que ahora ocurre. Pero ellos son luchadores y eso está muy bien”.

Su hijo reconoce que en estas historias sobre el exilio y la inmigración hay mucho de él, y de ella,  de los peores fantasmas de su propia biografía. Uno de los monólogos gira sobre una historia de la Escuela de Mecánica de la Armada, donde su padre desapareció sin cumplir los treinta años. Un caso que por fin será juzgado junto a otros 700 este mes en Argentina y que inevitablemente le ha obligado a él y a los suyos a un duro ejercicio de memoria. “Había planeado ir, llevamos tantos años esperando este momento, pero no podré por la obra. De alguna manera para mí todo esto es en su nombre”.

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