De la coexistencia a la convivencia de culturas

Se acaban de cumplir 11 años del terrible 11-S, con aquellos atentados que supusieron un sinsentido. Una masacre para un país y para unos ciudadanos que no estaban acostumbrados a ser atacados en suelo propio, y que marcó un antes y un después en la historia contemporánea.

“Todos a luchar por un mundo y una cultura de paz, por la tolerancia entre civilizaciones y religiones”, señaló el pasado 15 de septiembre el presidente de Ecuador, al recordar la muerte de 15 compatriotas suyos en dicho atentado y, señaló que “jamás vamos a aceptar ninguna ofensa a una cultura o religión, cualquiera que esa fuera, pero tampoco vamos a justificar esta clase de reacciones”. Se refería, lógicamente, a la preocupación por los atentados en países islámicos, que derivaron en la muerte del embajador de Estados Unidos en Libia.

Y es cierto que, desde ese fatídico 11 de septiembre, la violencia se ha instalado en muchos países como instrumento de cambio político, atentando sobre ciudadanos de países como Túnez, Kenia, Arabia Saudí, Indonesia, Turquía, Reino Unido, Pakistán, Afganistán, etc. Por no citar el nuevo foco surgido en la zona del Sahel.

La coexistencia pacífica está en peligro. Da la sensación que se ha internacionalizado el ataque a las relaciones humanas, la paz y la convivencia social. Los dirigentes han olvidado que una convivencia implica estar dispuesto a un diálogo participativo, que tenga como premisa la dignidad humana, proponiendo negociaciones culturales e intergeneracionales de los conflictos que abarquen todos los ámbitos de la vida.

Desde Occidente, habrá que trabajar por apagar esta llama encendida en tantos países, pero siempre preservando el compromiso con el Estado de derecho, la sujeción a los respectivos poderes judiciales y los sistemas democráticos basados en el equilibrio de poderes.

Pues si recurrimos a una fuente tan poco sospechosa como Wikipedia, la “tolerancia define el grado de aceptación frente a un elemento contrario a una regla moral. Tolerancia entre culturas es el reconocimiento de las diferencias”.

Como señalaba en EL PAÍS (19 de septiembre de 2012) Salman Rushdie, con motivo del ofensivo vídeo sobre Mahoma (su reacción ha supuesto más de 30 muertos en atentados), “si nos fijamos en la forma que se ataca hoy en día a la libertad de expresión por el extremismo religioso, las cosas por las que se ataca son siempre las mismas; blasfemia, herejía, insulto, ofensa. Es un vocabulario medieval”.

A lo largo de los siglos, en lo que hoy se conoce como Comunidad Valenciana, se dio un buen ejemplo de tolerancia entre tres culturas que tanta influencia han tenido en la realidad actual: la musulmana, la judía y la cristiana.

Y ya en nuestra época, en los últimos años, el Gobierno valenciano ha impulsado múltiples actuaciones encaminadas a favorecer esa tolerancia en paz entre tradiciones y culturas muy diferentes, máxime en nuestra Comunidad, en la que el porcentaje de ciudadanos de terceros países representa más del 17% de la población, donde conviven 141 nacionalidades, se hablan 62 lenguas y se profesan 18 confesiones religiosas, con más de 1.600 entidades religiosas establecidas y donde, salvo contadas excepciones, el respeto ha presidido nuestra vida cotidiana.

A título de ejemplo valga mencionar el Plan Valenciano para la Prevención de la Discriminación Interétnica, la Xenofobia y el Racismo, el Programa Diálogo Interreligioso o la Declaración de Valencia, la cual, fruto de un encuentro internacional que tuvo lugar el pasado mes de mayo en nuestra ciudad, recoge recomendaciones de expertos de todo el mundo en cuanto a la integración de personas extranjeras. Pero no debemos mostrarnos plenamente satisfechos de esa defensa de la tolerancia. Debemos luchar y trabajar por una convivencia real. Debemos implicarnos para que las diferentes culturas presentes en nuestra Comunidad compartan un proyecto único: que la convivencia sea una realidad.

Se habla mucho en estos últimos días, con motivo del fallecimiento de un líder indiscutible de la transición española, como lo fue Santiago Carrillo, del esfuerzo realizado por políticos de todos los signos para lograr alcanzar la democracia. Entonces hubo altura política y generosidad, en el respeto con los discrepantes y en la tolerancia con los diferentes. Pues bien, lograr que todos se sientan parte de una comunidad, cercana e interesada por un destino común, es una conquista irrenunciable para nuestra sociedad. Y ese bienestar de todos, solo será posible cuando demos el salto decisivo de una coexistencia a una convivencia pacífica. Y este es, sin ninguna duda, un camino difícil de transitar para la humanidad.

Enrique Navarro Alejandro es secretario autonómico de Familia y Solidaridad de la Consejería de Justicia y Bienestar Social.

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