Bienvenidos a la Tierra Media

Adaptar la trilogía de El señor de los anillos parecía una misión casi imposible. No por el desafío técnico que representaba, sino porque todos los lectores tienen su propia imagen del libro de Tolkien. Era una película que no solo debía convencer a los espectadores que partían de cero de la existencia de un mundo de elfos, enanos, hobbits, orcos, magos, árboles que caminan y un anillo con el poder para destruir el mundo; sino engatusar a los fanáticos de las novelas de J.R.R.Tolkien, personas capaces de estudiar élfico y que se saben mejor el mapa de la Tierra Media que el plano del metro de su ciudad. Y estamos hablando, además, de una de las obras más vendidas de la historia de la letra impresa.

Pero bastan los primeros minutos, con la voz de Cate Blanchett relatando el principio de la historia, “todo comenzó con la forja de los grandes anillos”, para comprender que Peter Jackson lo había logrado, que el director neozelandés que se había embarcado en un proyecto mastodóntico había conseguido llevar a Tolkien al cine.

La trilogía de El señor de los anillos, que se podrá adquirir con EL PAÍS por 2,95 euros con periodicidad semanal y desde el próximo domingo 7, fue escrita en los años treinta y cuarenta por un profesor de la Universidad de Oxford que mezcló sus inmensos conocimientos de religión y mitologías con la brutalidad de su propio siglo: estuvo en las trincheras de la IGuerra Mundial, en la batalla de Somme, y escribió una parte de su obra magna durante la segunda. Al narrar la historia de un mundo que se abalanzaba hacia el abismo, dominado por poderes oscuros servidos por seres alienados, sabía de lo que hablaba. A lo largo de los años, la trilogía encontró todo tipo de lectores e interpretaciones, desde la fantasía hasta la ecología, pero sobre todo se cimentó como una de esas pocas obras literarias que pueden recibir la calificación de universales.

En los años setenta se rodó una adaptación cinematográfica de dibujos animados, pero Peter Jackson, director de unas cuantas películas de fantasía más o menos disparatadas como Mal gusto o Braindead: tu perro se ha comido a mi madre y de un drama basado en hechos reales, la magistral Criaturas celestiales, fue el primero que se atrevió a filmar los tres libros, con una mezcla de actores y efectos especiales. Rodó las tres películas a la vez y luego las fue estrenando año a año. Reventó las taquillas y recibió varios oscars con cada una de ellas, La compañía del anillo (2001), Las dos torres (2002) y El retorno del rey (2003).

Más allá de los premios y del resultado económico, Jackson construyó una inmensa película de aventuras, evocadora, espectacular, tanto en sus momentos íntimos como en las descomunales escenas de acción (la batalla del abismo de Helm está entre las mejores). Desde la primera trilogía de La Guerra de las Galaxias el cine no había logrado nada parecido. Da igual que no se pueda diferenciar Mordor de la Comarca, cuando empieza la música de Howard Shore, durante unas horas no habrá nada en el mundo tan importante como la historia de un hobbit que tiene que cruzar la Tierra Media para tratar de destruir un anillo que encarna el mal.

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