Sevilla, la leyenda continúa

Cuesten lo que cuesten, hay hoteles donde uno pasaría al menos una noche en su vida. En Sevilla, el Alfonso XIII acaba de renacer con los atributos del lujo y la historia que solo ungen a unos pocos establecimientos en el mundo. Hemingway, Orson Welles, Audrey Hepburn, Sofía Loren, los príncipes Rainiero y Grace de Mónaco, los reyes de Suecia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, España… y otras muchas celebridades saben de qué hablamos. El hotel fue inaugurado el 28 de abril de 1929 con la celebración de un suntuoso banquete presidido por el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia como hotel oficial de la Exposición Iberoamericana. Es un edificio ahora muy céntrico (antes no) de estilo neomudéjar con un toque regionalista andaluz.

Tras la reforma emprendida por la marca estadounidenese Luxury Collection (Starwood), persisten los elementos decorativos del arte hispano-musulmán de la época, apabullados ahora por el empaque de los abalorios al gusto americano. La nueva iluminación no deja de ser chillona, con apliques impostados, aunque se aprecian así unos espacios más diáfanos y alegres. Las zonas comunes han ganado en utilitas y en ambiente, tanto que el brunch dominical suele estar abarrotado.

Digno de un hotel de esta categoría es el bufé de desayuno, bien ordenado, con una zona de gastronomía local que mira al claustro central. Quien ha conocido Sevilla en otros tiempos babeará frente a este tapete surtido de cortadillos, polvorones y tortas de aceite…

Las habitaciones se reparten en tres plantas con arreglo a sus decoraciones sevillana, árabe o castellana. Deluxe, Grand Deluxe, Suite Deluxe y la Suite Royal… ¡Barroco isabelino en todo su esplendor! Se dirá que los cuartos de baño son algo cicateros en cosméticos, que no ofrecen duchas sino bañeras, que se les ha privado de un mayor confort por el afán de conservar sus no tan viejos azulejos, que la ducha cae débil y el intercambiador no funciona correctamente. A los ya famosos Heavenly Beds de los hoteles Starwood se suman aquí unas sábanas y fundas de almohadas con algodón egipcio de cientimuchos hilos. Y unos cabeceros revestidos de seda y lino.

Inexcusable ascender hasta el torreón morisco y otear a cuatro ojos los tejados de Sevilla. Un rincón delicado, idóneo para tomarse el aperitivo al atardecer. A sus pies discurre el tranvía, estremecedor hasta para los cimientos del hotel. No hay otra postal más romántica de aquella belle époque sevillana.

 

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