Un encuentro, dos recitales

Un cartel que reúne a dos primeras figuras, espléndidos cada uno en lo suyo, además de generar expectativas, puede plantear incógnitas sobre las razones o intenciones de tal encuentro. Esas incógnitas, desafortunadamente, no se desvelaron con el desarrollo de la obra. Para los artistas pudo suponer quizás el cumplimiento de un deseo común, y el aficionado gozó del hecho insólito de tenerlos a los dos reunidos en escena una misma noche; pero más allá de eso, poco más se podría extraer de la naturaleza de la reunión. El espectáculo, en la práctica, fue poco más que un recital a dos bandas con puntuales encuentros de mayor o menor fortuna. El reclamo de los Arrabales fue sinceramente difícil de rastrear a lo largo de la función, aunque su espíritu puede que apareciera por momentos: detalles aislados de Bobote, el cuadro final con la soleá, por fin, de Esperanza y el baile sabroso por cantiñas de Javier. Antes, la obra transitó por espacios cultos (Falla) o urbanos, como las marchas o la misma participación de la corneta. Una obra, en fin, austera en conceptos y con referentes desdibujados.

Eso como espectáculo concebido con una intención, que otra cosa fueron las intervenciones personales. Siempre quedan para el final las del antes llamado atrás, pero hay que destacar el trabajo largo, incansable y lleno de inspiración de Salvador Gutiérrez, que dotó de música casi él solito a toda una obra de un repertorio tan amplio como variado. Y lo hizo con inspiración y frescura, modernidad o clasicismo según lo necesario. La participación de Bobote fue siempre afortunada, como cuando se le otorga el juego que su arte merece. La percusión en su sitio, y la corneta sin un lugar definido: desde una transición hasta ocupar el lugar de la voz en unos tangos.

A la gran cantaora que es Esperanza Fernández le costó encontrar su sitio, quizás debido a un repertorio que no es propiamente el suyo, desde los abandolaos hasta la zambra. No se le vio en su terreno y, en un entorno vacilante, tiró innecesariamente de facultades. El mejor exponente de lo dicho estuvo en su interpretación de Tatuaje, que popularizara Doña Concha Piquer, y que siendo copla tan popular y conocida, supone afrontar un riesgo del que la trianera no salió precisamente airosa. Se fue encontrando algo más en el martinete y bordó la canción del Fuego Fatuo, que tantas veces ha interpretado. Pero no fue hasta la señalada soleá cuando nos encontramos a la artista que conocemos.

Lo de Barón fue un reencuentro y, además, todo un placer. Se le vio suelto, cómodo y preparado para desplegar ese baile suyo que de tan natural parece fácil. Entró dubitativo en los abandolaos, pero para el zapateado preparó una coreografía en la que hizo sucesivamente de toro y de torero. Poderoso en el martinete, justo y fino en los desplantes, tiene elegancia en la soleá y termina transitando por el escenario como por el patio de su casa, pero sin parar de bailar, quede claro. Al final se entregó a una fiesta igualmente de patio en las cantiñas. Otra fiesta hubo antes también. Fue tras la canción de Falla y en ella hubo pataítas de sabor de los dos artistas y de un Bobote que lo cuadra.

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