Europa: se agota el tiempo

La situación exige un gigantesco montón de respuestas, pero Europa prácticamente no ofrece nada más que una formidable acumulación de preguntas. Mediodía de un sábado soleado en Bruselas. A la espera de que aparezca una alta fuente europea junto a un puesto de libros –Joe Stiglitz, Tony Judt, Jeremy Rikfin en portadas que hablan de desigualdad, de crisis, de paro y de una UE que parece un triste compendio de esos males—, una pantalla escupe, a apenas unos metros, imágenes de la Copa Ryder y de la Liga de Campeones: “Eso es lo mejor que sabe hacer Europa”, dice un tipo justo antes de la llegada del destacado eurócrata, que habla bajo la condición de anonimato y cuya conclusión acerca del momento actual en la UE es, de alguna manera, similar: “Se agota el tiempo. ¿Cuánto tiempo le queda a Europa con ese agudo desequilibrio Norte-Sur, en ausencia de mercado interbancario, con un accidente al acecho por varios flancos, con las democracias de varios países empezando a pasarlo mal? ¿Queda tiempo si sus líderes siguen siendo incapaces de respetar los acuerdos firmados, si Alemania se saca de la chistera nuevas exigencias cada vez que esto parece encarrilado, con un otoño caliente por delante repleto de tensión política?”

Ante la inevitable acumulación de preguntas, Jean-Claude Piris, la máxima autoridad jurídica de la UE durante dos décadas, ofrece una tentativa de respuesta. Piris, finísimo y respetado analista del lío europeo, se considera un optimista, pero lleva meses con las alarmas encendidas: “La legitimidad de la UE está en entredicho. Y lo más grave es que al final uno no sabe si hay plan: al parecer lo había, pero ahora a lo único a lo que podemos aspirar es a sobrevivir a los calendarios electorales, con la tentación de hacer lo menos posible en función de los votos en lugar de hablar en serio de eso de salvar el euro. Hay que refundar Europa, y ha habido propuestas de largo aliento interesantes y apuestas a corto plazo para ello. Pero no acaban de cuajar”. “Es necesario”, añade, “que todos los países vuelvan a remar en la misma dirección. Vienen años de dificultades: sí, aún más años. El riesgo es tener una Europa irrelevante. Para impedirlo, hay que hacer unas cuantas cosas que no son fáciles de explicar para los políticos. Y el momento de tomar las decisiones es ya: cuestión de semanas, quizá de un mes; no de años”.

El plan al que alude Piris se ha fraguado en los últimos meses. A la corta, se trata de levantar una especie de complejo monetario-financiero (a semejanza de aquel complejo militar-industrial de Eisenhower) con un doble bazuca como arma nuclear disuasoria: el BCE compra deuda en el mercado, si previamente los países –en primer lugar, España— piden ayuda al mecanismo de rescate, asociada a las inevitables condiciones. Fráncfort se convierte así en la ansiada ventanilla de último recurso para los Estados con problemas y no solo, como hasta ahora, para los bancos con problemas. Pero antes, el BCE quiere ver un acuerdo entre los socios para ayudar a quien lo solicite, y esa ayuda solo se activa con las habituales condiciones (el eufemismo preferido en Bruselas para los recortes). En paralelo, Bruselas apuntala el edificio institucional con la unión bancaria: no hay que olvidar que la crisis del euro fue en su origen una crisis financiera y lo sigue siendo, con ese círculo vicioso entre los problemas de los bancos y los de la deuda pública. Hasta ahora, los países que se ven obligados a inyectar capital en los bancos a causa de la burbuja o de la recesión, como ha hecho España, incurren en elevados déficits, inflan su deuda pública y eso hace sospechar a los mercados acerca de una posible suspensión de pagos. Para romper esa espiral endemoniada se erige al BCE como supervisor único a partir de enero. Y una vez el BCE se convierte en amo y señor de la banca, se permite a los fondos de rescate recapitalizar directamente entidades financieras. Fin de la crisis.

¿Fin de la crisis? Es cierto que con solo hablar de eso las primas de riesgo han dado un verano plácido al euro. Pero ese plan no contaba con un par de relativas sorpresas.

Una: “España ha utilizado la calma en los mercados para dar señales ambiguas sobre la petición del rescate, retrasado tanto por el calendario electoral en Galicia y País Vasco, como por el deseo de su Gobierno de asegurarse unas condiciones razonables. Y, sobre todo, por la escasa apetencia de Berlín, que en última instancia quiere agrupar los problemas de España, Grecia y Chipre en una sola votación en el Bundestag lo más alejada posible de la última sentencia del Constitucional sobre el fondo de rescate”, indican fuentes de la Comisión.

Y, sobre todo, dos: esta misma semana, Alemania –siempre Alemania–, Holanda y Finlandia han lanzado un contundente mensaje que pone en duda el calendario de la unión bancaria (adiós a la recapitalización directa de los bancos españoles) e incluso impone exigencias “que hacen más difícil romper esa espiral banca-deuda soberana y dejan todo el plan anticrisis en el alero”, admiten fuentes del Consejo. Los jefes de Estado y de Gobierno, con Angela Merkel a la cabeza, firmaron en junio ese calendario que ahora se tira a la basura. Cortesías de la crisis: ya no se respetan los pactos. Berlín carga también contra el espíritu de ese acuerdo fallido: se daba por hecho que el mecanismo europeo de rescate iba a responsabilizarse de los activos dañados que se han apartado en los llamados bancos malos, precisamente para acabar con la espiral deuda pública-problemas bancarios. Ya no. La responsabilidad por el desaguisado de la banca seguirá recayendo en cada Estado. “Malas noticias para España”, sentencian fuentes europeas.

La crisis del euro se vio al principio como una corrección necesaria, pero al eternizarse se convierte en fuente de enorme desestabilización. El mercado vuelve a dudar de Europa y sus ya habituales dos pasos adelante y uno atrás. O tal vez sea más apropiada aquella expresión de Lenin: un paso adelante y dos atrás. “No hay plan: definitivamente no hay plan. Merkel no tiene una estrategia más que dar patadas a seguir y fijarse obsesivamente en las encuestas”, asegura el economista Charles Wyplosz, del Graduate Institute de Ginebra. Paul De Grauwe, de la London School of Economics, advierte de que el último recado de los países del Norte “está motivado por el populismo y de hecho va a intensificar el populismo”. “Es una noticia pésima, que además va contra los acuerdos firmados en junio. En pocas palabras: es una vergüenza”.

Alemania, Holanda y Finlandia aducen que no hay ningún cambio en su posición: simplemente se trata de una interpretación de la pasada cumbre. Pero los analistas consultados no comparten esa opinión.

El alemán Wolfgang Münchau, director del laboratorio de ideas bruselense Eurointelligence, afirma que es verdad que el acuerdo de junio sobre la unión bancaria fue interpretado de manera distinta en Alemania que en España: “Ahora está más claro que la supervisión del BCE, cuando llegue, no va a servir para recapitalizar los bancos españoles. Pero Berlín va contra el espíritu, incluso contra la letra del acuerdo: deja claro que los plazos no se van a cumplir, entre otras cosas porque no quiere que nadie meta las narices en sus bancos regionales y locales, que están tan mal como las cajas españolas. Con las nuevas exigencias, además, el plan global, completo, ‘total’ de la eurozona consiste, simple y llanamente, en ganar tiempo. Alemania no está lista, políticamente, para un nuevo rescate en Grecia, en España y en Chipre. El Bundesbank y una parte del Gobierno llevan tiempo alimentando esa narrativa antirrescate y no veo cómo pueden cambiar eso de un día para otro. Eso nos deja a las puertas de una crisis política en Europa, porque París y Roma tienen otras intenciones”. Ulrike Guérot, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores en Berlín, añade que el golpe de mano de Alemania “es más un movimiento táctico de cara a las próximas negociaciones que otra cosa: lo probable es que de nuevo se alcancen acuerdos que permitan salvar la cara a todos”. El economista alemán Jörg Bibow es mucho más duro: “Ya está claro que el BCE solo puede comprar tiempo. Hay demasiada propaganda y demasiados condicionantes políticos para pedirle más. La otra cosa evidente es que la estrategia basada en la austeridad ha fallado estrepitosamente. Europa va a seguir con respiración asistida mientras no logre crecer. Ya le falta el aire. Y el tiempo corre muy aprisa cuando te empieza a faltar el aire”.

Esa asfixia no es precisamente el menor de los problemas: no hay país que pueda soportar indemne dos, tres años en recesión y una dosis de austeridad germánica tras otra. Los sociólogos empiezan a hablar de experimento social: curas de adelgazamiento a base de recortes –lo que los expertos definen en su deliciosa jerga como devaluaciones internas— en sociedades del primer mundo que al principio aceptan la medicina, pero con el paso del tiempo y la ausencia de horizontes van pasando del miedo al enfado, del enfado a la furia, de la furia a la ira. “Las sociedades pueden aguantar los recortes si ven un hilo de esperanza, pero en el Sur de Europa no se vislumbra ni de lejos la salida de la crisis, sino aún más recesión y paro. La historia enseña que hay un umbral del dolor: sin avisos previos, el hilo social puede romperse si se somete a grandes tensiones. No hay que descartar sorpresas: lo que hemos visto en Portugal y lo que vemos en Cataluña no se pueden explicar sin ese trasfondo de crisis, de fatiga por la austeridad, de falta de esperanza, de excesiva tensión. Eso, a la larga, es lo más preocupante”, concluye el profesor de la Universidad de Barcelona Antón Costas.

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