La madurez según Miguel

Aviso para navegantes: Bosé ha madurado. ¿Y qué hace un señor que ha madurado?: pues recordar su pasado, regurgitarlo tal y como él, en la atalaya de su edad, entiende la modernidad, envolver el producto en nostalgia, aludir a la supervivencia y servir el conjunto en un espectáculo elegante. Esa es la madurez tal y como la entiende Bosé, quien en el Sant Jordi evidenció que no habrá un Papitrhree porque el chicle de sus éxitos ya no aguanta más elongaciones. La noche del jueves dio el último tirón en un concierto que sonó a autohomenaje y complacencia en un local que distó del lleno.

Asunto madurez. Tuvo un triple ángulo de manifestación. El más notorio es que el show, fundamentado en la desnudez del escenario y en una pantalla que dominaba toda su parte posterior a la misma altura que los músicos, se basó en la parsimonia. Bosé, moviéndose mayestático como una Cleopatra postmoderna, encabezaba la evolución de los músicos en coreografías caminadas. Como alternativa a la agilidad no estuvo mal, como insinuación de distinción, estilo y clase se quedó en ese terreno de lo pomposo que hace frontera con la ceremoniosidad autoparódica. Segundo dato de la madurez vista por Bosé: el vestuario. Colección de prendas estampadas dignas de Fela Kuti en una despedida de soltero. El remate, zapatos bicolores perfil Spectator, de gánster, vaya. Ropa pues de persona que ya con cierta edad quiere demostrar que aún es arriesgado, actual y rompedor. Cuestión de gustos. Tercer dato: los coros. Tres vocalistas de refuerzo para dar empuje a los tramos cantados.

¿La música?. Hubo varios guiones. El primero el bailable. Arreglos bum-bum de carpa veraniega que cristalizaron su quintaesencia en una Nena tan inacabable que en su conclusión la protagonista ya era canosa. Rock de trasfondo electrónico para piezas como Sol forastero, Gulliver o ese Bambú que contó con Manuel Fuentes con chaleco y tejanos estilo hombre de verdad para apuntalar testosterona en medio de tanta vaporosidad. Otro guión: el acústico; todos sentaditos, menos teclista y batería que quedaron excluidos porque sus instrumentos no son para tocar junto a una hoguera, para recuperar el tramo central de la memoria Te diré, Morir de amor, o Linda, que fueron maquilladas con arreglos de señor mayor que encuentra fuera de lugar irse por las ramas de la adolescencia. Natural. A Creo en tí le sentaron estupendamente. En el tramo final sofisticación nocturna para Morena mía, Si tú no vuelves o Como un lobo, donde lució androginia Bimba Bosé. Final de fiesta con Te amaré y promesas de fidelidad eterna por parte de un Bosé que quiso parecer emocionado.

Temas paralelos: el discurso y los velos. Bosé, fiel a su estilo, alentó a la concurrencia con mensajes de solidaridad, a los que sumó tras un resbaladizo “a todos se nos están yendo las manos” críticas a la represión. Sonó ya escuchado y con ese tono de solemnidad que no parece necesario cuando las palabras son dictadas por la intención. Los velos fueron el remate, nunca mejor dicho pues flotaban por encima de los músicos, a un espectáculo formalmente muy conseguido que acudiendo al minimalismo y al ahorro de recursos demostró que con gusto se pueden conseguir grandes cosas. Incluso los velos flotantes fueron retirados en Puede que antes de que su concurso resultase reiterativo. En suma, un Bosé adulto que miró a su carrera con la intención de hallar en ella un trampolín para impulsarse a un futuro que por ahora no es tan vistoso como la americana que lució.

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