“Llamar guerra a la política de seguridad es un error garrafal”

Los suaves modales del general colombiano Óscar Naranjo (Bogotá, 1956) contrastan con lo que se pude esperar de un hombre con su hoja de servicios: más de 30 años trabajando en la seguridad de su país combatiendo al narcotráfico y a la guerrilla. Considerado el mejor policía del mundo –la detención del capo Pablo Escobar y el descabezamiento de las FARC se cuentan entre sus méritos- se retiró hace unos meses y cambió de empleo. El presidente electo de México, Enrique Peña Nieto, del Partido Revolucionario Institucional (PRI), lo contrató como asesor de seguridad para hacer frente al problema de la violencia.

Su fichaje ha sido acogido con recelo por parte de la opinión pública mexicana, desde sectores militares a las organizaciones de víctimas pasando por la izquierda, que desconfía de un asesor extranjero que goza de la plena confianza de EE UU. El general acepta la polémica, pero no admite que le acusen de ser un agente de los gringos y al tiempo de tener vínculos con el narcotráfico. Naranjo propone una nueva política de seguridad para México donde estará erradicada la palabra guerra y tendrá por objetivo la disminución de la violencia y la protección de los ciudadanos.

P. ¿Cuál es su diagnóstico de la violencia en México y que diferencias tiene con la de Colombia?

R. En el caso de México, la violencia no está atravesada por 50 años de estructuras guerrilleras o terroristas como en Colombia. Creo que en México en los últimos años ha tratado de explicarse la violencia a través de una sola causa, la del narcotráfico, lo que es un error. Pero hay elementos que debieran generar optimismo: no es una violencia generalizada en el país; las tasas de homicidios por 100.000 habitantes no llegan a ser comparables con las que tuvo Colombia, tiene Honduras o El Salvador… Y hay una especial sensibilidad por las víctimas entre la ciudadanía, que me parece fundamental. No sucedió en Colombia ni en Centroamérica, donde la violencia pasó un poco desapercibida hasta que casi colapsa sus Estados.

P. La gente está harta de la guerra…

R. Instalar la palabra guerra en el marco de una política de seguridad pública es un error garrafal. Por varias razones, la primera es que desconoce un principio elemental de un Estado de derecho donde el delincuente no es un enemigo a aniquilar. Segundo, porque polariza alrededor de la seguridad y la propia palabra no aparece como un valor, sino como un problema. Y tercero, genera en la mentalidad criminal una certidumbre: mientras me matan, yo mato. Por tanto, la gran oportunidad que hay hoy es que buena parte de la política de seguridad debería legitimarse no a partir de la lucha contra el delito sino a partir de la sensibilidad por las víctimas.

P. ¿Por dónde empezar a disminuir la violencia?

R. Hay dos dimensiones: la primera es que las políticas de seguridad deben ser de Estado y no de partido, para generar un consenso nacional. También es necesaria una nueva narrativa que signifique que más importante que combatir el delito, es proteger la vida, derechos y libertades de la gente. Y es imperativo tener estrategias diferenciadas contra el crimen, que no pueden ser simplemente un conjunto de acciones para vencer al narco.

P. ¿Está a favor de que los militares libren esta guerra?

R. Creo que con instituciones como las nuestras resulta justificable que se emplee la fuerza militar. Pero uno debería usar la fuerza militar en misiones que le sean naturales como el control fronterizo o la interceptación aérea o marítima. Es un error atacar un problema típicamente delincuencial con un instrumento típicamente militar.

P. ¿Cree que la estrategia del presidente Felipe Calderón generó parte de la violencia?

R. No. La dinámica de la delincuencia organizada se mueve como varias fases: la primera es una fase de irrupción en la sociedad en el marco de una zona de confort. Llega el narcotraficante, empieza a comprar propiedades, a generar empleo, a repartir unas migajas de su opulencia y la sociedad se asombra un poco de la llegada de ese señor, pero lo tolera. Eso se vuelve tan atractivo que empiezan a participar otros actores criminales lo que les lleva a enfrentarse entre ellos. Tercera etapa: uno de esos actores tiene la fuerza para someter al resto y ya, como el Estado ha tenido que intervenir, ese señor transita a un terrorismo selectivo. Y lo primero que hace es tratar de aniquilar periodistas para silenciar esa realidad y luego a fiscales, policías y jueces. Y después se lanza a un terrorismo indiscriminado, que es la etapa que vivió Colombia con Pablo Escobar. Creo que en México estamos en una fase intermedia entre el enfrentamiento entre organizaciones y un afán de esas organizaciones por silenciar a sectores de la sociedad mexicana. Eso hubiese pasado con o sin intervención del presidente Calderón.

P. ¿Implica necesariamente el negocio de la droga tanta violencia?

R. En Latinoamérica enfrentarse al narcotráfico, más que una decisión por disminuir la oferta y la demanda es una decisión por defender principios democráticos. Porque, a diferencia de otros lugares, la acumulación de dinero del narcotráfico sí está en capacidad de comprar un Estado. Aquí enfrentarse al narcotráfico significa contener la posibilidad de tener narcoestados.

P. ¿Va Peña Nieto a incrementar la colaboración con EE UU en esta lucha?

R. México tiene una tradición política que ha sido muy celosa de no permitir operaciones por parte de extranjeros en su territorio. Pero eso no implica que rechace la cooperación, en un mundo globalizado, donde la información es el factor más preventivo contra la violencia. Hay que abrir mucho más el espectro de colaboración para que la información se procese a tiempo y no nos sorprendan los criminales. En el presidente veo una persona totalmente abierta en estos temas.

P. ¿Es partidario de emplear unidades especiales contra el crimen organizado?

R. Con un panorama institucional como el de México habría que emprender dos caminos: uno a medio y largo plazo para producir reformas estructurales que transformen esas instituciones, y otro para responder de manera inmediata al problema. Y los grupos de élite, que no son necesariamente comandos de choque, son necesarios. Por ejemplo, imagino en los próximos meses un grupo de élite de contadores e ingenieros financieros reconstruyendo el mapa de las finanzas del narcotráfico para que el Estado mexicano lo confisque.

P. ¿Y grupos de élite para atrapar a los capos?

R. Sí. Creo que aquí se imponen operaciones quirúrgicas contra la delincuencia, se trata de actuar con inteligencia con operaciones muy puntuales.

P. ¿Puede prometer que no habrá una profundización de la guerra?

R. Habrá una política de seguridad que tiene por fundamento la reducción de la violencia. No se trata de tener una política contra el narcotráfico a toda costa sino de avanzar en lo fundamental que es proteger la vida, la libertad y los derechos de la gente.

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