Metamorfosis policial

Desde el gris franquista, pasando por el marrón de la transición, los policías de este país han completado la metamorfosis de su atuendo hasta llegar al amable color azul actual. Sin embargo, viendo cómo actuaron el día 25 de septiembre (lo de Atocha fue demencial), uno duda de que nuestros policías hayan completado, de igual modo que sus uniformes, la metamorfosis de sus convicciones y maneras democráticas a la hora de actuar en el control de las manifestaciones.

Viéndolos aporrear de forma tan brutal, desaforada e indiscriminada contra quien más a mano se les pone, uno no aprecia diferencia alguna respecto de aquellos odiados grises de nuestra juventud. Es más creo, para su pesar, que lo hacen más científica y peligrosamente, si se tiene en cuenta la mejora en su pertrechamiento.

Por mi profesión, he tenido la ocasión de conocer a guardias civiles y policías estupendos, personas que en contextos normales serían incapaces de conducirse de forma semejante a la descrita. ¿Realmente a estos jóvenes policías les siguen enseñando en las academias a actuar con procedimientos tan bárbaros y contundentes? ¿Qué pautas, qué prácticas se les inculca a los componentes de las unidades de intervención en el dominio de situaciones extremas?

Lo que es inadmisible es que nuestros policías “trabajen” de este modo, dando la impresión de que han perdido el juicio. Cualquier funcionario público (y especialmente si es policía) debe conducirse siempre por el principio de legalidad, el cual obliga a discriminar, identificar y detener al delincuente en cualquier situación. También en una manifestación por multitudinaria y violenta que sea la actitud de determinados grupos provocadores. Lo que no se puede es reprimir por resultado, es decir, castigando expeditivamente a justos por pecadores. No creo que la ley lo permita, y, si lo permite, habría que cambiarla con urgencia si queremos convencernos de que los policías (esa es su razón de ser) son realmente defensores y no represores de los ciudadanos.— José Antonio Martín Gómez.

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La esposa de…

El 12 de este mes una noticia en la edición digital se encabezaba con el siguiente título: TVE ficha a la esposa del ministro Wert como tertuliana de ‘Los desayunos’. Después fue sustituido por Edurne Uriarte se incorpora como tertuliana a ‘Los desayunos de TVE’.Pero el tiempo que permaneció bastó para que reaccionaran lectores como Samuel Martín. En su carta argumenta: “Me resulta un titular machista, en tanto que trata de ‘esposa de’ a alguien que tiene una larga trayectoria pública, al menos comparable a la de su marido, si no mayor, aunque en distinto ámbito. Entiendo que la noticia intenta presentar que la actual dirección de TVE está incluyendo a personas con un cierto sesgo político. Puede ser legítimo presentar esa posición, partiendo de la trayectoria de Edurne Uriarte. Incluso, el hecho de que sea esposa de un ministro del actual Gobierno es relevante, como señalaba un artículo de la edición del País Vasco de su propio diario hace unos meses, porque en su actividad como comentarista política es de legítimo ‘interés público’ para los ciudadanos el saber que a la hora de escribir o de verter opiniones sobre las políticas del actual Gobierno o, para más inri, sobre las reformas llevadas a cabo por el Ministerio de Educación, lo hace desde una determinada posición. Pero el hecho de que se presente como titular, hace de lo adjetivo sustantivo, y provoca que parezca que su único mérito es ser esposa de un ministro. Como prueba, puede leer los comentarios a la noticia, que se dedican a descalificarla y a tratarla de enchufada (más por su parentesco que por su posición política)”.

El cambio de titular se hizo a iniciativa de la propia redacción, no como reacción a ninguna crítica externa.

Berna González Harbour, subdirectora de este diario, a quien trasladé la carta, me ha remitido un texto a propósito del titular. “El lector tiene toda la razón. Es un titular absurdo que nunca debimos haber publicado. Edurne Uriarte es una conocida columnista, tertuliana y profesional que no ha necesitado jamás ser esposa de un ministro para participar en numerosos foros. El planteamiento desliza una insinuación de nepotismo mal sustentada (que habría sido equivalente si se tratara del esposo de una ministra), pero que adquiere además un matiz machista al profundizar en la imagen de esposa amparada por su marido. Su fichaje ni siquiera debía ser una noticia, si no era dentro de un planteamiento más amplio sobre los nuevos tertulianos en TVE y la salida de otros. Pido disculpas a Uriarte por ello y a los lectores, a los que creo que no acostumbramos a castigar con planteamientos tan machistas”.

Indudablemente no debe ocultarse que la citada columnista es esposa de un ministro del Gobierno, pero encabezar la noticia con esta condición conyugal insinúa claramente, como reflexionan tanto el lector como la periodista, que ha sido fichada precisamente por su condición de esposa y no por su trayectoria como tertuliana, al margen de la opinión que cada cual tenga sobre sus posiciones.

Este tipo de errores son detectados infaliblemente por los lectores, que los consideran, razonablemente, como la consecuencia de una persistente contaminación de patrones sexistas, androcéntricos.

En el blog, como muestra de ello, han sido objeto de comentario una crónica sobre un plan para controlar los gastos en el Consejo del Poder Judicial que incluía propuestas, según se explicaba en el texto, sobre las bonificaciones que las líneas aéreas “abonan a los vocales o sus esposas”, obviando que hay vocales mujeres que pueden tener maridos. O una excelente descripción, a juicio del lector, de una subasta judicial donde se reseñaba que la secretaria vestía una falda hasta la rodilla. Ello sería menos discutible si pudieran leerse con igual normalidad descripciones sobre los atuendos masculinos. Difícilmente encontraremos titulares como No todas las alemanas son como Merkel… (las hay con estilo) aplicados a sus colegas del otro sexo.

Otra cosa, distinta y lógica, es que el comentario se enmarque en un análisis sobre una estrategia de imagen como el publicado recientemente sobre la princesa Letizia (“dispuesta a demostrar que no gusta de excesos, cada vez luce más ropa adquirida en tiendas de bajo coste y repite modelo en las grandes ocasiones”). Con todo, también en este caso, llegan reproches. Sara Álvarez lo hace, pero quiero destacar de su carta una reflexión más general: “Cualquier feminista (hombre o mujer) debería levantarse contra esta dictadura de la apariencia que nos ahoga, en pleno siglo XXI. ¿Les parece serio en un periódico de la categoría de EL PAÍS seguir hablando de estas cosas?”. La lectora hace culpables a los medios de las numerosas conversaciones que ha escuchado sobre la fealdad de una ministra o el traje garçon de otra. “Desde su condición de mujeres políticas no las voy a defender (…), pero sí romperé una lanza porque se acabe esta dictadura de la estética que oprime a las mujeres”.

En otro orden de cosas, un lector, Javier García Erviti, remite una advertencia sobre el mal uso de los nombres y apellidos de personajes de nacionalidad china. Señala que algunos periodistas de este diario no son conscientes de cuál es el nombre y cuál el apellido, y cometen errores como el titular Meilutyte, de 15 años, Shiwen, de 16, y Franklin, de 17, emergen ya como grandes campeonas. “Meilutyte y Franklin son apellidos, Shiwen es el nombre de pila de una chica que se apellida Ye”. Es costumbre, explica en su carta, en la lengua china anteponer el apellido al nombre “de pila”, como también lo es en otras lenguas, como la húngara y la japonesa. “En el caso de japoneses y húngaros, solemos trasponer ambos y así adaptarlos a nuestra costumbre: Haruki Murakami (japonés) o Daniel Gyurta (húngaro). Pero por algún motivo atávico mantenemos la costumbre de las lenguas china y coreana, y así hablamos de Mao Zedong y Yao Ming (chinos) o de Ban Ki-moon (coreano), con el apellido en primer lugar (aunque al menos su diario lo hace siempre del mismo modo, no como otros)”. Esto, prosigue, produce una confusión general en el público y ocasional entre los propios periodistas, que a veces se refieren “al primer ministro chino como Jiabao o al provocador artista de ese país como Weiwei, o a la nueva prodigio de la natación como Shiwen, apelaciones que solo emplearía su círculo familiar más íntimo y que en realidad en estos casos no denotan familiaridad, sino ignorancia”. El lector propone “aplicar para todos los nombres la costumbre de la lengua castellana (y de la mayoría de las lenguas del mundo) y así hablar de Zedong Mao, Xiaoping Deng…”. Trasladé la carta a Dolors Folch, fundadora de la Escuela de Estudios de Asia Oriental en la Universidad Pompeu Fabra. “En China, el apellido antecede al nombre. Curiosamente, apenas hay unos cien apellidos (incluso menos, porque varios son homófonos sin ser homógrafos). La mayoría de estos apellidos tienen una única sílaba. Indudablemente, si se desconoce este dato y el redactor escoge Shiwen para denominar a una persona que se llama Ye Shiwen… estará cometiendo una familiaridad inaceptable que puede considerarse grosería. Es como si un periodista chino, para referirse, por ejemplo, a Pasqual Maragall escribiera simplemente Pasqual”.

Folch, sin embargo, es partidaria de reproducir los nombres en el orden original (primero el apellido) y no proceder, cuando se escribe en castellano, a invertirlos.

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Forges

Viñeta de Forges del 30 de septiembre de 2012

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El peso (leve) de ser español

Mi admiración por Cioran jamás flaqueará, porque pudiendo nacionalizarse francés, que le hubiera facilitado la vida en términos administrativos y burocráticos, mantuvo su estatuto de apátrida, que es muy incómodo pero él lo consideraba el más apropiado para un filósofo.

Él lamentaba los siglos de incuria, la fatalidad de la sangre balcánica, brutal, salvaje, que corría por sus venas, y el balance de la historia de su patria: “N’a fost sa? fie” (todo ha salido mal).

¿A quién no le resultan divertidas las maldiciones y exabruptos que, en sus novelas, escupía Thomas Bernhard sobre sus compatriotas, los austriacos? Respuesta: a muchos austriacos. Con reiteración a veces cansina, Bernhard les reprocha no sólo los crímenes morales más repugnantes y un supuesto nazismo genético, sino incluso el estado calamitoso de los cuartos de baño de Viena, los más sucios del mundo, según su severo juicio en Maestros antiguos.

¡Qué interesantes las soflamas de Friedrich Nietzsche contra la “pesadez” de sus compatriotas, los alemanes, y qué magnífico es que, con motivo de la guerra de 1870, el filósofo de la “voluntad de poder” y la “transvaloración de todos los valores” les alertase contra la victoria, que era para ellos más peligrosa aún que la derrota! El hecho de que además acabase harto de la música de Wagner y prefiriese, o afectase preferir, la Carmen de Bizet y la zarzuela La Gran Vía, agranda su figura, ya de por sí colosal, hasta dimensiones míticas.

Yo tributo una ovación virtual a las canciones Les flammands y Les flamingans, en las que Jacques Brel se ríe con desgarro y crueldad de la mentalidad de sus paisanos, que le parecía extremadamente mezquina. “¡Os prohíbo que ladréis a mis hijos en flamenco!”, gritaba, descompuesto, aquel flamenco de Schaerkeek. Y sin salir de los Países Bajos, recuerdo con gran placer la lectura de Belladona, la sátira salvaje contra el nacionalismo flamenco, de Hugo Claus, gran escritor en lengua flamenca, nacido en Brujas, que se definía a sí mismo como “flamencoide francófono”.

Aunque tiene en La cartuja de Parma unas páginas involuntariamente cómicas sobre la jovialidad y galanura de los soldados de Napoleón, a los que supuestamente recibían con los brazos abiertos las mujeres de los pueblos que conquistaban, Stendhal al final abominó de la “Francia grave, moral y triste”, del pueblo atontado, de la burguesía avarienta… y zanjó el asunto haciéndose enterrar como “Arrigo Beyle. Milanese”.

¡Qué ejemplos tan altos! Ellos nos enseñan que un intelectual, o un artista, o cualquier persona que simplemente respete su propia inteligencia (sea poca o mucha), ni adulará a la masa ni se pondrá al servicio del gobernante de turno.

Ahora bien, aunque con plumas de menor nivel que las que acabo de mencionar, en punto a autocrítica a los españoles no nos gana nadie. Es el deporte nacional. Este “intratable país de cabreros”, como lo definió el citadísimo poeta Gil de Biedma una tarde en que se sentía inspirado en su oficina de la Compañía de Tabacos de Filipinas, se ve flagelado a la vez, por un lado, por los voceros de la secesión o la entropía; y por otro, por algunos intelectuales hastiados. Para los primeros, los españoles somos poco menos que caníbales. “Una de las constantes de la historia de España es la persecución del marrano, del distinto, del que habla como un perro”, nos recordaba hace poco un docto comentarista de Girona, y con lo de “hablar como un perro” no aludía ni a los millones de inmigrantes que en los años de bonanza se nacionalizaron españoles, ni a la gracieta del señor Mas: “A los andaluces no se les entiende el castellano que hablan”.

También a algunos intelectuales hiperestésicos el país se les queda pequeño. Lo sienten como Baroja en El árbol de la ciencia. Les parece que queda fino denunciar cuán basto es el populacho y qué mal habla inglés el alcalde. Ellos merecerían algo mejor. Merecerían estar siempre en, no sé, la tertulia del Algonquin o en algún chaletito de Bloomsbury, tomando el té.

—Es que en España “el nivel cultural” es muy bajo, la gente es muy bruta, los políticos son un desastre, las ciudades son ruidosas y el paisaje está degradado… ¡Yo me iría de inmediato, ahora mismo, a cualquier lugar!

(Pero los que se van son otros, en busca de empleo). En parte esa tendencia, tan acusada en España, a lo que podríamos llamar “autoflagelación en la espalda del vecino” es pura inercia y seguimiento de una tradición que se remonta a Larra, cuaja en el 98 y el regeneracionismo, y encuentra en el aborrecimiento del régimen franquista su apoteosis. Entonces parecía obligado criticar las lacras de una nación injustificadamente pomposa, y minimizar sus logros.

Yo mismo incurrí alguna vez en ese deporte de escupir hacia el cielo; pero me hizo reflexionar un escritor argentino que había llegado a Barcelona huyendo de la Triple A: “Mira, no te quejes”, me decía, “aquí no te matan por las calles, hay una vida editorial notable y algunas buenas librerías, el transporte público funciona razonablemente, las comunicaciones son fluidas, el clima es grato y la gente, por lo general, es tolerante, abierta y cordial. Si no te metes en casa del vecino a joderle, puedes hacer casi lo que quieras. ¿Qué más quieres? ¿Un chalet en Arcadia?”.

Y tenía razón; entre la afirmación de José Antonio Primo de Rivera “ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo”, y la de Cánovas del Castillo, que, según Galdós, quería llevar a la Constitución un artículo que dijese: “Es español el que no puede ser otra cosa”… seguramente la verdad esté en un término medio más que aceptable; tal vez ese término medio sea el que propone Paolo Conte en su canción Sosías: “¡Esto es España, una casa de tolerancia!”. (Sí, vale, la expresión viene con doble sentido; pero qué le vamos a hacer, esa es la imagen que damos).

Pero cuando una delegación del Estado — la Generalitat— organiza grandes demostraciones contra el mismo Estado, con gran cañoneo previo de prensa, radio y televisión, y hasta un senador —Jordi Vilajoana— vocifera “¡Español el que no bote” mientras da alegres saltitos en medio de la multitud, sin que nadie le diga “¡un poco de respeto! ¡Decoro, senador!”… entonces quizá ese desprecio que intelectuales cejijuntos y patriotas de aldea le vienen infligiendo al pueblo ha calado tanto, que el Estado se autodestruye, asistimos al punto de colapso total, y ha llegado el momento de buscarse otro país mejor.

Como Casal, partamos decididamente, y yo el primero (¡quita, bicho, tú no!), hacia “otro cielo, otro monte / otra playa, otro horizonte, / otro mar, / otros pueblos, otras gentes / de maneras diferentes / de pensar”. Hacia un país más competente. Pero ¿cuál, dónde está? ¡Por supuesto, ni en América, ni en Asia ni en África! Ni, desde luego, en los Balcanes. De Israel o los países árabes, ni hablar, vivir allí es vivir en la tragedia.

¿Italia? Es el país más bello de Europa, pero ¿quién quiere vivir en un plató de Tele 5?… Suiza sí que… Bueno, funciona de maravilla, pero mejor no explicar en base a qué “industria” repugnante llevan los suizos su espléndido tren de vida…

¡Y cuánta grandeza, pero también cuánto espanto que digerir conlleva el mero hecho de ser ruso! ¡Por no hablar la carga que llevan los alemanes por los pecados de sus abuelos! Habermas tuvo que inventarse el “patriotismo constitucional” para aliviarla un poco.

Diré que podríamos ir por todo el mundo comprobando que en todas partes hay gente encantadora, y que todas las naciones tienen un montón de “muertos en el armario”.

La “pertenencia” a un sitio es una carga más o menos leve, y la “identidad”, como dijo Carlo Ginzburg hace unos meses en Barcelona, un concepto funcional sólo en lo relativo al DNI, no una categorÍa filosófica seria.

Dicen que Tomás Moro describió una isla perfecta llamada Utopía; que Fourier quería organizar unas comunidades estupendas; y en Los viajes de Gulliver Jonathan Swift da noticias de Laputa, Balnibarni, Luggnagg, Glubbdrubdrib y el País de los Houyhnms. Parecen sitios interesantes pero, dado que sólo existen en el terreno de la imaginación, va a ser difícil, por ahora, instalarse allí.

Ignacio Vidal-Folch es escritor.

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Las múltiples crisis de España

Lo que comenzó como una tormenta económica ha derivado en una crisis política a gran escala. En medio del descontento popular y de las protestas separatistas, España ha tropezado con una encrucijada: sin una acción decidida del Gobierno, el pacto democrático post-Franco está en riesgo.

El anuncio del presupuesto de 2013 no lo cambia. España persiste en una austeridad excesiva. (…) La depresión y el obscenamente elevado desempleo está causado, al menos en parte, por una visión excesivamente rigurosa de las finanzas públicas, que no están tan mal para los estándares de la zona euro (…) Teniendo en cuenta la política actual de la zona euro, sería vano esperar una política más flexible, que dejara respirar a la economía española mientras se ajusta a las reformas estructurales.

Bajo el martillo de la austeridad, la unidad nacional y la cohesión social se están desmoronando. Desde las regiones con mentalidad más independiente, como Cataluña, el manejo de la crisis por parte del primer ministro, Mariano Rajoy, parece muy orientado a reforzar el control central. Artur Mas, presidente de Cataluña, ha convocado una elección anticipada que, en la práctica, equivaldrá a un referéndum sobre la independencia. La respuesta intransigente de Madrid corre el riesgo de provocar una crisis constitucional.

Rajoy debe asumir la responsabilidad por el estado de su país. (…) Tenía el capital político para liderar una España unida en medio de esta crisis. En cambio, su Gobierno ha jugado a un juego partidista, antes que a construir un consenso.

Londres, 27 de septiembre de 2012

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Sin pilotos

Los aviones de combate sin piloto, cargados con bombas de alto grado de excelencia, reciben una orden desde el teclado de una computadora situada en un lugar desconocido. Aceptada esta orden por el disco duro, estos aviones despegan de algún punto del planeta; vuelan miles de kilómetros y con una precisión matemática dejan caer su carga mortífera sobre el objetivo, una fábrica, un hospital, un puente o una cocina donde una madre está guisando un potaje para la familia y luego vuelven al hangar con la misión cumplida. Ese técnico anónimo que en el Pentágono o desde cualquier base militar ha pulsado la orden ya no debe preocuparse de más. La máquina realizará el trabajo mientras él se está tomando un whisky en el bar con los amigos o recoge a su hijo del colegio para llevarlo a una fiesta de cumpleaños. Parece que la responsabilidad hubiese sido transferida a la informática, puesto que la culpa en este caso es suplida por la aséptica perfección a la hora de aniquilar al enemigo. Sucede lo mismo en el mundo de las finanzas. La fórmula de exterminio sin riesgo adoptado para la guerra, el Sistema la aplica igualmente a la economía a través de los movimientos del mercado cuyos ataques se producen también a través de teclados con manos perfumadas, distantes. Los mercados financieros operan como los aviones de guerra sin pilotos. Desde un ordenador el ente misterioso que maneja bonos y fondos de inversión mueve el dinero global con órdenes de compra o de venta con un interés que bascula siempre entre la codicia y el pánico. Nadie sabe de dónde procede el primer impulso y quién pasa al final la guadaña sobre el tapete de esta ruleta planetaria. En la guerra moderna los militares ya no tienen rostro; en la economía existen cada día menos empresarios visibles, de carne y hueso. Han sido sustituidos por pulsiones digitales. Un agente especulador da una orden y comienzan a caer bombas sobre la deuda, los bancos, la bolsa, la prima de riesgo mientras él se va con su novia a las Maldivas a bucear entre corales. Frente a la figura fanática del suicida, que entrega su vida por un ideal o del empresario romántico que monta un negocio con su esfuerzo, el Sistema ha convertido la economía, como la guerra, en un videojuego mortífero, sin riesgo ni culpa.

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Tunecinas, más iguales

Si lo natural es ser iguales, lo habitual es, sin embargo, que unos sean más iguales que otros, como diría George Orwell. Esto lo saben bien las mujeres; especialmente si son árabes en un país musulmán, donde ser iguales es una anomalía en peligro permanente de extinción. Así lo ha demostrado la victoria de las activistas feministas de Túnez. Tras un verano de protestas y movilizaciones, las feministas de este país han logrado mantener el estatus que ya lograron hace nada menos que 56 años. La victoria electoral del partido islamista Ennahda —una vez derrocado el dictador Ben Ali— ha permitido a los vencedores el intento de introducir en la Constitución el principio de que la mujer es “complementaria” del hombre. Las protestas han puesto las cosas en su sitio, pero, dicen los expertos, solo en el papel. Porque lo cierto es que, tras las primaveras árabes y las victorias electorales de los islamistas, hay un colectivo que lejos de avanzar ha empezado a retroceder, y ese es el de las mujeres. Es importante que las tunecinas hayan logrado un triunfo, pero lo importante —e inquietante— es el hecho de que el nuevo Gobierno se haya atrevido a proponer tal retroceso.

El caso de Fatma Nabil, la periodista que sorprendió al mundo presentando un telediario en la televisión pública egipcia con un hiyab blanco —antes prohibido— que le ocultaba el pelo y el cuello no fue un hecho anecdótico. La presión social sobre las mujeres en las sociedades árabes posrevolucionarias se ha acrecentado. Los Hermanos Musulmanes, el partido vencedor de las elecciones egipcias, no parece muy activo en la lucha contra esa presión que está obligando a muchas a echar mano de una prenda que desechaban. Pero si se quiere ver la botella medio llena se puede valorar que aún no se han atrevido a imponer el velo.

Y siguiendo con la botella medio llena, también es de valorar que las tunecinas hayan frenado este intento de golpe. Túnez siempre fue tachado por sus vecinos árabes de país occidentalizado. Ser el primero que se levantó contra el dictador cambió su imagen. Los tunecinos son tan musulmanes y árabes como el que más, a pesar de lo cual ellas son más iguales que otras.

 

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