Tereska Torrès, resistencia francesa

Ver su nombre en la lista de la sección Carnet du Jour de Le Figaro, allí donde se anuncian muertes, recordatorios y otros asuntos casi siempre de ida pero sin vuelta, causa tristeza y desasosiego. Tristeza porque Tereska Torrès, escritora francesa, no abrirá nunca más la puerta del atelier número 13 del llamado Le Jardin Fleurie, ese estudio de herencia familiar (su padre fue el escultor Marek Szwarc), donde residieron un día artistas como Gauguin o Modigliani. Un lugar rescatado de la Exposición Universal de 1878 que era, como ella misma, huella de un tiempo ya diluido. Tereska, parisiense, evacuada a Londres durante la ocupación alemana de su país durante la Segunda Guerra Mundial, fue miembro, con apenas 18 años, del Ejército de Liberación francés y resistió junto a De Gaulle y otras 400 voluntarias bajo las bombas fascistas en la capital británica.

Contó su experiencia en ese ejército de asistencia femenino en una novela que le dio fama (Women’s barracks, Mujeres de uniforme) y gran disgusto. Se convirtió en superventas en EE UU a su pesar, al ingresar en la categoría de “literatura feminista y erótica” (alabada por unos, repudiada por ser “perniciosa para la moral” por otros). Hablaba de su experiencia en los cuarteles de Hill Street, de cómo esa etapa representó su paso a la edad adulta, de espías y amantes y de relaciones lésbicas entre algunas de sus compañeras. Al estadounidense medio y reprimido de postguerra le encantó este último detalle. Cuatro millones de ejemplares vendió al correr del tiempo. Tereska repudió la novela casi hasta el final de su vida. Casi. Porque luego entendió que todo había sido beneficio; su éxito le permitió escribir otros 14 libros de temática distinta (los judíos falashas, la Polonia de postguerra, la conversión de sus padres, judíos, al catolicismo…) y dedicarse hasta a tareas audiovisuales (como el documental Los ilegales). El año pasado, la pequeña pero jugosa editorial española Demipage la editó, actualizada, en castellano. Y por tal motivo fuimos a entrevistarla para El País Semanal.

Contemplarla la primera vez en el dintel de la puerta del citado estudio, fue como amerizar en un París secreto: trazos de arquitectura nórdica en la fachada; mucha madera, muchas obras de arte y fotografías en las paredes y demasiada escalera para una mujer de 92 años, menuda y etérea en lo físico y poderosa en el gesto, que nos hizo entrar con determinación, sentarnos en el sofá y escuchar detenidamente los avatares de su vida intensa. Sin escape. Un relato contado muchas veces, pero que ella aún disfrutaba, pues lo recordaba y narraba con maestría: un siglo de espasmos y guerras y cambios y personajes variopintos pasando ante nuestros ojos a través de ese calidoscopio que suelen ser las personas de edad. Desasosiego porque ahora con su muerte (con cada muerte) se esfuma una valiosa fuente de memoria.

Pero ella, aún agilísima, resistente, no sólo miraba atrás sino que proyectaba actividades futuras y pensaba que iba a vivir 20 años más, al menos. Estaba segura, decía. Mostraba los álbumes de fotos y recordaba cada nombre y detalle de sus amigas de guerra (“Esta está aquí, esta otra allá…”), de sus padres; de sus dos maridos (el primero, George Torrès caído en combate, recién casados, enamorados; una gran pérdida hasta que se unió luego con el corresponsal Meyer Levin, que murió en 1980), de sus tres hijos (Dominique, Mikael, Gabriel: una realizadora de televisión, un poeta, un fotógrafo)… “Todos también artistas”, decía orgullosa. Quería que les siguiéramos la pista, nos dio ubicación y referencia. No lo hicimos. No había perdido afectos ni cabeza, sabía del estado del mundo actual. Lo criticaba.

Y como sucede en muchas personas, las manos de Tereska eran su firma. Arrugadas y transparentes como su rostro, las movía sin parar, orientaban. Y hablaban de la viveza aún del cuerpo en esa etapa ya en que los años pasan factura y los huesos y la artrosis se acercan a tu casa y tu cama y hasta se sientan contigo en el sofá para recordarte que debes pagar por el largo tiempo recorrido. Y Tereska Torres había experimentado mucho y sido feliz y privilegiada. Lo sabía. Estaba agradecida por ello. Así se sentía hace un año apenas. Y queremos creer que así fue hasta su último aliento.

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